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Estos irresponsables buscan una guerra

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Estos irresponsables buscan una guerra: Por  Rafael Ramírez.– La crisis económica ha arruinado al país y llevado al pueblo al punto de la desesperación, Maduro ha fracasado estruendosamente en la conducción de la economía: el tipo de cambio ha superado la barrera de los 20.000 Bs/dólar, el salario mínimo es de 2,2 dólares/mes, es decir, un ingreso diario de 0,07 dólares al día, muy por debajo de los 2 dólares/día que establece la línea de la pobreza definida por la ONU. El costo de los alimentos se disparó a niveles inalcanzables, un cartón de huevos, un kilo de carne, harina, café o pasta supera varias veces el salario mínimo; 6,8 millones de venezolanos padecen hambre según el último informe de la FAO. No hay electricidad, gasolina, gas, agua, transporte. La gente no sabe qué hacer. Desde 2014 han salido del país 4 millones de venezolanos, según la ACNUR.

La patria está descuajada, nada funciona, Pdvsa arruinada las empresas cerradas, entregan el petróleo, el gas, se roban el oro. Se violan los DDHH, existen cientos de presos políticos, se tortura, se mata. No existe Estado de Derecho, se violan la Constitución y las leyes. El país está sumido en una grave crisis económica, social, moral y política.

Maduro y su gobierno no han sido capaces de conducir al país, ha sido el peor gobierno de nuestra historia Republicana. A un año del último y rimbombante “plan de recuperación, crecimiento y prosperidad económica” del gobierno, el paquetazo de maduro, está claro que el propósito fundamental era avanzar en un plan de choque y ajuste contra el pueblo. Sus efectos han sido devastadores. Esto hay que repetirlo mil veces y explicarlo al país y al mundo, porque mientras la dura realidad golpea dia a dia al pueblo los altos jerarcas del gobierno declaran de manera cínica e irresponsable que “estamos en plena recuperación económica”.

El gobierno ha recurrido a todas sus torpes astucias para bandearse y mantenerse en el poder. Poco les importa el daño que han causado al país, ellos insisten en aferrarse desesperados al gobierno. Para ellos, es una cuestión de supervivencia. Han inventado y hecho de todo para ocultar y evadir su responsabilidad, sus errores, sus verdaderas intenciones, han dicho de todo, puros falsos positivos. Han hecho de la mentira y el cinismo una categoría política, pero nada les resulta, todo sigue de mal en peor y el pueblo no es pendejo.

Pero ahora el gobierno recurre a un expediente, un curso de acción mucho más peligroso y definitivo: buscan la guerra. Maduro ha venido haciendo uso de un lenguaje amenazador, provocador con respecto a Colombia. Ha decretado un “alerta naranja” que nadie sabe de qué se trata, ni siquiera el mismo gobierno, por lo que diosdado sale a tratar de explicar. Movilizan tropas, amenazan a Colombia con el armamento ruso y en fin, parecen olvidar, o ni siquiera entender, lo peligroso que resultan sus bravuconadas y amenazas cuando se hacen desde la presidencia de la República.

No es la primera vez que el madurismo recurre a la amenaza y al discurso guerrerista contra Colombia. Cada vez que hay una situación de tensión política, o se agrava aún más la crisis económica, maduro recurre al expediente de amenazar, mover misiles, fanfarronear. Movilizan a la reserva, a las milicias, y sus dirigentes obesos salen “rampando” unos metros para la tv. Muestran unos ejercicios militares que preocupan por su nivel cantinflérico.

La actitud de maduro y el madurismo se parece mucho a aquellas imágenes del general Noriega en Panamá, cuando blandía un machete y retaba a las tropas americanas, jurando morir en defensa de la patria. Tanto le dio noriega al tema del machete, hasta que se produjo la infame invasión norteamericana a Panamá, el bombardeo sobre el barrio de Chorrillos en ciudad de Panamá, los jóvenes panameños asesinados y las patéticas imágenes de noriega refugiado en la Embajada del Vaticano, de donde finalmente salió y se entregó porque no aguantó la estridente música y la guerra psicológica que le colocaron las tropas invasoras a las afueras de la embajada.

No es nuevo el recurso de la guerra en regímenes autoritarios para distraer al pueblo de los graves problemas internos que los aquejan, así lo hizo la junta militar argentina cuando decidió la acción militar en Las Malvinas, o Fujimori en Perú, cuando provocó un incidente militar en la frontera con Ecuador. Provocan o buscan la guerra, vienen los muertos, las tragedias de las víctimas y todo ello, por un interés grupal subalterno.

Por supuesto que la oligarquía colombiana iría a la guerra gustosa contra Venezuela. Amplios sectores del estamento militar y político colombiano son partidarios de involucrarse en una acción armada contra nuestro país. Además, seguramente, contarían con el apoyo decidido y masivo de las tropas norteamericanas que tienen presencia en su territorio. Estarían dando por fin sentido a su Plan Colombia.

Maduro, en su infinita irresponsabilidad, no se da cuenta, o no le importa, el hecho de que los enemigos del país, están esperando cualquier provocación o situación que justifique una intervención militar en nuestro territorio. Maduro está dando la excusa perfecta para que se nos vengan encima todos los demonios de la guerra y la violencia. Parece no entender que nos harían una pinza entre Colombia y Brasil con apoyo norteamericano y cualquier cantidad de fuerzas paramilitares que tienen acantonadas a lo largo de toda la frontera, justamente, para dar vida a  las hipótesis del Plan Colombia de un conflicto con nuestro país.

El discurso madurista parece además poner las cosas en el nivel de que “vamos a demostrar que sí somos machos”, que “no te tengo miedo”, “quítame esta pajita del hombro”. Parece que estuviera en una pelea en un botiquín. Es increíble tanta imprudencia y torpeza. Tanta irresponsabilidad de parte de un jefe de Estado. ¡Qué diferencia con el Comandante Chávez!.

Recuerdo claramente la posición del Presidente Chávez en contra de la posibilidad de una guerra con Colombia. No nos íbamos a dejar atropellar ni violar nuestra soberanía por nadie, pero tampoco íbamos a incitar o provocar un conflicto. Por instrucciones del Presidente, me ví involucrado de manera directa en la adquisición de material y equipamiento militar ruso entre 2006-2007. La instrucción era adquirir equipamiento defensivo, en una hipótesis de defensa de la patria. No queríamos agredir a nadie. Por el contrario, se trataba de desestimular, como se hizo con éxito, al uribismo y a los sectores militaristas de Colombia. Al final, como dijo el presidente Chávez en respuesta a una declaración que dio Uribe diciendo que “le faltó tiempo” para bombardear Venezuela, el Comandante aseguró que lo que le faltaron fueron “cojones”.

Nuestro país adquirió una capacidad y equipamiento militar de alta tecnología que nos equiparaba con cualquier capacidad militar en la región y que podría neutralizar o enfrentar con éxito cualquier agresión contra la patria. Pero ese equipamiento y capacidad no se usó nunca para amenazar, ni para pasearse con ese material bélico por todo el país, ni concentrarlo de manera provocadora en la frontera ni, mucho menos, para que un diputado o político declare que con el mismo  “barreremos Bogotá”.

La reanudación de la guerra en Colombia, el rearme de factores de las Farc, es lamentable, pero también es la consecuencia del incumplimiento de los Acuerdos de Paz firmados el 24 de noviembre de 2016 en Bogotá. Cuando estábamos en el Consejo de Seguridad de la ONU, aprobamos una Misión Política de seguimiento y acompañamiento a los compromisos asumidos entre las partes. Advertimos entonces de la fragilidad de los acuerdos si no se resolvían las causas raigales del conflicto de más de 50 años en el hermano país: la violencia contra los campesinos y la apropiación de sus tierras por los terratenientes como uno de los factores desencadenantes, así como el fenómeno paramilitar y el narcotráfico como un elemento perturbador de la paz. Ojalá el anuncio de reanudación de la guerra por parte de sectores de las FARC no sea el inicio de otro ciclo cruento de violencia para el pueblo colombiano.

Los pronunciamientos hechos por maduro y otros jerarcas del madurismo al respecto, nos involucran de manera innecesaria en la situación interna de Colombia y le dan la excusa al uribismo y sectores guerreristas, para vincular al gobierno venezolano en las decisiones de los grupos armados colombianos, arrogándose una beligerancia y una capacidad de influir que no tiene en ese conflicto, pero, además, poniendo de nuevo sobre el tapete la matriz de la presencia de campamentos irregulares en nuestro país; y, por ende, la posibilidad de acciones militares en caliente por parte de Colombia, que darían pie, sin dudas, a un enfrentamiento militar entre ambos países. Por ello, guaidó, se apresura a estimular una “operación militar” para desalojar a los “grupos terroristas” del territorio nacional, invitando prácticamente a una incursión militar contra nuestro país.

Todos los sectores políticos del país deben deslindarse de cualquier posición a favor de la guerra con Colombia, de una agresión o intervención militar contra nuestro país. maduro y guaidó juegan irresponsablemente a la guerra, mientras un pueblo desesperado trata de buscar una salida a la angustiante situación económica.

Estos irresponsables, maduro y guaido, buscan una guerra para cumplir o alcanzar sus propios objetivos políticos y personales ante la incapacidad que tienen de hacer frente con éxito la grave situación que confrontamos. Agitan un conflicto con Colombia y ahora recurren al Esequibo.

Maduro no hizo nada, ni como canciller, ni como presidente para evitar el avance de Guyana en la reclamación, ni para desalojar a la Exxon Mobil de nuestras aguas en disputa. Al contrario el gobierno intentó negociar en secreto con la transnacional petrolera, y luego que le tiraran la puerta en las narices a su canciller, entonces guardaron silencio, no hicieron nada. Pero la oposición, tan dada a golpes de pecho nacionalista tampoco dijo nada al respecto, callan ante una situación que es pública y notoria. Ahora tratan de usarla para ganar indulgencia con los poderes transnacionales a costa de nuestra soberanía. Los únicos que hemos dicho y reclamado sobre lo que pasa en el Esequibo hemos sido nosotros, tanto desde el ministerio de petróleo como ahora desde el exilio. Nadie escucha.

Hace falta un jefe de Estado, un presidente, con la autoridad y capacidad para conducir correctamente a nuestro país, defender la soberanía e integridad territorial, y evitar a nuestros pueblos los horrores de la guerra.

Nosotros, los bolivarianos, no tenemos razón alguna para ir a la guerra contra el pueblo colombiano. Somos hijos de Bolívar. Los muertos no los van a poner ni maduro, ni duque, ni guaidó. No serán sus hijos, los que mueran en el campo de batalla. Si se produce una agresión militar contra nuestro país, por supuesto que debemos salir en defensa de la patria, pero con un verdadero Comandante en Jefe. No será con maduro ni con guaidó que saldremos bien librados de una situación como esa, del horror de la guerra, que además abriría las puertas del infierno para nuestro pueblo.

En nuestro pueblo y nuestra Fuerza Armada Nacional Bolivariana lo que sobra es valor y amor patrio, de eso, no hay duda. Pero la guerra es el último y extremo recurso: no se puede jugar con ella, no se puede estimular de ninguna manera. No podemos permitir, debemos alertar y evitar que el madurismo por su torpeza y sus intereses nos lleven a una confrontación militar solo para distraer al pueblo de la situación actual, haciéndole el juego a la extrema derecha colombiana y norteamericana que están acechando, esperando la oportunidad para una agresión militar. No podemos permitir que guaidó aproveche la tensión con Colombia para pedir a gritos una guerra y una intervención militar contra el país, que él supone lo llevará al poder, así sea sobre el cadáver de los soldados venezolanos.

Los sectores patriotas de ambos países, pueblos hermanos como somos, tenemos que levantar nuestra voz en contra de la guerra, encontrarnos en una Conferencia por la Paz, a favor de la hermandad y fraternidad de ambos pueblos hermanos y Bolivarianos, recordar siempre que ”La Patria es la América”.

 

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Esto no es normal:  Por Moisés Naím.- ¿Qué tienen en común España, Italia, Israel y el Reino Unido? La incapacidad de formar gobiernos estables y capaces de gobernar. Y no son solo estos cuatro países los cuales, después de todo, cuentan con regímenes donde aún se respeta la división de poderes y los límites al poder del ejecutivo. Como sabemos, sobran los países donde la disfuncionalidad política es mucho más grave.

En todo el mundo, gobernar se está haciendo mas difícil y, en muchos casos, imposible. Estamos viendo cómo las elecciones ya no actúan como ancla que estabiliza la política y hace posible que el gobierno gobierne. Más bien, elecciones y referendos ahora revelan la profunda polarización del electorado, trancan el juego político y hacen imposible la toma de decisiones. Así, los resultados electorales formalizan y cuantifican la profunda fisura de la sociedad y, en algunos casos, contribuyen dificultan la convivencia civilizada entre las facciones. ¿Qué respuesta se le está dando a este problema? Convocar nuevas elecciones.

Pero gobernar no solo se le está haciendo más difícil a las democracias. Tampoco parece normal que Xi Jinping y Vladimir Putin, dos de los hombres más poderosos del mundo, tengan que estarse preocupando por protestas callejeras espontáneas protagonizadas principalmente por jóvenes desarmados. Xi y Putin ejercen un férreo control sobre sus respectivos países y quienes protestan en las calles de Hong Kong y Moscú no son una amenaza para la sobrevivencia de estos regímenes. Pero lo que sorprende es que Xi y Putin no hayan acabado antes con las protestas. Sería lo normal. Quizás la relativa tolerancia que vienen mostrando estos dos autócratas hacia estas marchas es un síntoma de cuán seguros se sienten y de la irrelevancia de las protestas. O quizás es porque no saben cómo combatirlas.

Estas protestas no tienen líderes obvios, ni jerarquías claras y la organización, coordinación y movilización de quienes participan en ellas depende de las redes sociales. En Hong Kong los líderes del gobierno pro Pekín se quejan de que, aunque quieran buscar arreglos con quienes protestan, no saben con quién negociar. Obviamente Xi y Putin podrían acabar con las protestas usando los métodos normales de las dictaduras: a sangre y fuego. Pero el uso de la fuerza siempre implica riesgos y puede hacer que en vez de acabar con las protestas las avive, convirtiéndolas en amenazas políticas más graves.

Eso pasó en Siria, por ejemplo, donde las marchas en la ciudad de Daraa en reacción al encarcelamiento y tortura de 15 estudiantes que estaban pintando grafitis en contra del gobierno, escalaron hasta convertirse en una guerra civil que lleva ocho años y se ha cobrado más de medio millón de vidas.

Pero si lo que está pasando en la política mundial no es normal, lo que está pasando en el medio ambiente lo es aún menos. Los datos son conocidos, las imágenes de todas partes del planeta mostrándonos las catástrofes producidas por incendios, lluvias torrenciales, sequías prolongadas y vientos huracanados son cotidianos. La evidencia científica es abrumadora y la inacción para atender esta amenaza lo es aún más. La parálisis para enfrentar con eficacia el cambio climático sin duda constituye el mayor peligro que enfrenta nuestra civilización.

La ineptitud de los gobiernos para responder a la emergencia climática es exacerbada por la influencia de intereses económicos. ExxonMobil y los hermanos Charles y David Koch son solo dos ejemplos de empresas y acaudalados individuos que durante décadas financiaron copiosamente “centros de investigación” y “científicos” dedicados a sembrar dudas sobre la gravedad del problema climático e impedir que los gobiernos adopten las políticas necesarias.

Que las grandes empresas influyan sobre el gobierno para evitar que tome decisiones que afecten sus ganancias no es nada nuevo. De hecho, es lo normal.

Lo que no es normal es que líderes de algunas de las empresas más grandes del mundo repudien públicamente la idea de que su objetivo primordial deba ser maximizar ganancias. Pero fue lo que ocurrió hace unas semanas cuando los jefes de 181 de las más grandes empresas estadounidenses firmaron un comunicado que mantiene exactamente eso. Estos altos ejecutivos afirman que las empresas privadas deben reconciliar los intereses de sus accionistas con los de sus clientes, empleados, proveedores y con los de las comunidades en las que operan.

Obviamente, estos titanes del capitalismo están llegando tarde a la conversación. Para muchos ya es obvio que resulta insostenible para cualquier empresa el ignorar los intereses y necesidades de los grupos de los cuales depende, además de sus accionistas. El debate es cómo hacerlo y, sobre todo, cómo garantizar que las empresas hagan lo que prometen. Hay algunos importantes líderes empresariales que tienen ideas al respecto.  Brad Smith, el presidente de Microsoft, por ejemplo, ha publicado un artículo en la revista The Atlantic intitulado «Las empresas tecnológicas necesitan más regulación».

Esto no es normal. Sin duda sorprende que el presidente de la decimosexta empresa más grande del mundo exhorte a los gobiernos a que regulen su industria. Pero esta, como las demás anomalías que hemos discutido aquí, todas sacadas de los noticieros de estos días, es tan solo un ejemplo más de cuán difícil de descifrar es el mundo en el que nos ha tocado vivir.

ACN/@moisesnaim

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