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«Sería un vecino de Antonio Vathiotis…»

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Antonio Vathiotis, “caso único de violación de normas internacionales” (I): Por José Luis Centeno S.– Escuchó su nombre, estaba entrando al ascensor del hotel donde se hospedaba con su familia en Cartagena, Colombia, miró a su alrededor, ninguna persona conocida disipó su desconcierto; era la clase de cosas perturbadoras para un perseguido político, él lo era, agentes de Interpol Colombia lo confirmaron al capturarlo allí, aquel 3 de Julio de 2018, valiéndose de una Circular Roja emitida por Grecia por hechos sucedidos en Venezuela.

¿Perseguido político? ¿Supuesto o realidad? Dennis Fernández, en su “condición de diputada y presidente de la Comisión Permanente de Política Interior de la Asamblea Nacional”, en comunicación fechada el 24/07/2019 fue concluyente:

“…certifico que el ciudadano Antonio Vathiotis es perseguido político. Vathiotis fue acusado de la muerte de un funcionario de la Guardia Nacional Bolivariana durante las protestas acaecidas en el año 2014, por lo que se trasladó a Colombia y fue detenido en ese país debido a una alerta emitida por la INTERPOL… certifico que en el expediente del ciudadano Antonio Vathiotis no existen elementos probatorios de culpabilidad, siendo éste un perseguido político.”

La diputada Delsa Solórzano, ejerciendo el mismo cargo, “Presidente de la Comisión de Política Interior”, el 15/11/2018 estableció “que su detención tiene motivaciones políticas, y por ende ha sido catalogado como preso político”, además “que existe identidad de circunstancias fácticas entre la causa penal” seguida a Antonio José Garbi González “y los motivos de solicitud de aprehensión en perjuicio del ciudadano Antonio Vathiotis”, en suma, ambos están privados de libertad en diferentes naciones por:

“…haber sido señalados como presuntos autores materiales de los hechos ocurridos en Valencia, estado Carabobo el 12 de marzo de 2014, en los cuales falleció a causa de un impacto de proyectil producido por arma de fuego, un Capitán de la Guardia Nacional que correspondía al nombre de RAMZOR ERNESTO BRACHO BRAVO”.

Vathiotis, natural del Grecia, vivió en Venezuela durante 38 años y fue propietario de dos empresas de aduana y transporte ubicadas en Puerto Cabello, Estado Carabobo, en cuya capital, Valencia, residía con su esposa Mairelys Coromoto Macedo Mijares y sus tres hijas, con quienes se vio en la necesidad de dejar Venezuela cuando empezaron a perseguirlo señalado de homicida.

“Desde el 2008 brindé apoyo logístico para la realización de manifestaciones en contra del gobierno y como tantos otros ciudadanos inconformes con la situación del país me sumé a esas protestas, en las cuales por lo general nos agredían de forma brutal los agentes del orden y miembros de los colectivos chavistas”.

Eso Antonio nunca lo ha negado, al contrario, forma parte de sus alegatos a los fines de demostrar su condición de perseguido político, sometido al escarnio público y despojado de todos sus bienes muebles e inmuebles, congelados sus activos financieros, pero antes, víctima de hurto en su residencia y de amenazas a su familia por parte de los funcionarios designados para su aprehensión.

Garbi y Vathiotis no se conocen ni de vista ni de trato. No es fortuito que ellos, los únicos privados de libertad en este caso, respondan al nombre de Antonio, el autor material del crimen que les endosaron “sería un vecino de Vathiotis en las residencias Doral Park de Mañongo, del mismo nombre, fue el que le dio los tiros al capitán”, versión de un ex funcionario del CICPC admitida por la viuda del oficial asesinado.

Resulta obvio, Vathiotis “carecía de la protección nacional que pudiera brindarle su país de origen en materia de acceso, garantía y protección de sus derechos fundamentales, representando un riesgo para su vida e integridad personal”, así lo determinó el Ministerio de Relaciones Exteriores de la República de Colombia para otorgarle, mediante la “RESOLUCIÓN NÚMERO 3238 de 21 JUN 2019”, la condición de refugiado que solicitó días antes de su captura.

Resulta contradictorio que el Estado colombiano habiendo reconocido en relación a este caso que en Venezuela “ocurren una serie de crisis estructurales en materia de acceso a la administración de justicia”, lo siga manteniendo preso, con ello excluye opinión vinculante que recibiera mediante nota del 18 de febrero de 2019, suscrita por el Embajador de la República Bolivariana de Venezuela, con sede en la República de Colombia:

“El comportamiento de quienes usurpan funciones en el ámbito judicial en Venezuela, está altamente cuestionado respecto al cumplimiento de normas y valores que rigen interpol, por ello, han optado por utilizar terceros países con los que mantienen estrechos vínculos (como Grecia en este caso) con el fin de que sean éstos, quienes incluyan a personas para su detención con el propósito de lograr la extradición…”

Catorce (14) meses lleva Antonio cautivo en La Cárcel La Picota de Bogotá, Patio A, Sección de extraditables. Venezuela y Grecia solicitaron su extradición, de hacerlo, el gobierno colombiano violaría lo estipulado en el Artículo 3.1 de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados:

“Ningún Estado Contratante podrá, por expulsión o devolución, poner en modo alguno a un refugiado en las fronteras de los territorios donde su vida o su libertad peligre por causa de su raza, religión, nacionalidad, pertenencia a determinado grupo social, o de sus opiniones políticas”.

Él ha insistido: “Estoy preso por un favor de Alexis Tsipras (ex Presidente de Grecia) a Nicolás Maduro”, adquiriendo sentido en una trama de complicidades que se hace cada día más patente y que involucraría al Magistrado de la Corte Suprema de Justicia de Colombia, José Francisco Acuña Vizcaya, quien en tres oportunidades ha negado la posibilidad de que Vathiotis salga en libertad.

Antonio nos preguntó, “¿usted sabe cuál es mi bandera? Mi bandera es la verdad”. Una verdad suprimida en este caso, acentuando la percepción de la perniciosa injerencia política en la administración de justicia de dos países vecinos en apariencia opuestos en torno al tema del «Estado democrático y social de Derecho y de Justicia», vapuleado también por Grecia al prestarse para un fraude en opinión del Doctor Zair Mundaray:

“Antonio es víctima de persecución política de la Tiranía. Es un caso único de violación de normas internacionales para apresarlo mediante fraude procesal. Se le atribuye un hecho que no cometió y se usó a Grecia para incluirlo en alerta roja”.

[email protected] – @jolcesal

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Antirracismo machista

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Antirracismo machista: Por Najat El Hachmi.- Las sociedades occidentales, y sus sistemas más o menos laicos, permiten que cualquier ciudadano tenga derecho a criticar las religiones. Eso no sucede en países donde la apostasía sigue siendo delito

Las mujeres nos dimos cuenta muy pronto de la diferencia abismal que existe entre la sociedad marroquí de la que procedemos y las sociedades europeas a las que nos fuimos incorporando. Aunque se tratara de un país como España, que no hacía tanto que había dejado atrás una dictadura, aunque emigráramos a ciudades pequeñas o entornos provincianos, aunque nos instaláramos en barrios periféricos o pasáramos a engrosar las filas de las clases sociales con menos recursos, lo cierto es que no se nos escapó el avance enorme que supuso la emigración, una especie de atajo que acortaba de un modo importante nuestro avance hacia la libertad, la igualdad y, sobre todo, la esperanza en la posibilidad de disfrutar de una vida más digna que la de nuestras madres y abuelas. Es una verdad incontestable que llevamos inscrita en la carne: nada tiene que ver una sociedad legalmente igualitaria a una que no lo es. Por eso, uno de nuestros mayores temores fue y ha sido siempre que nos llevaran a Marruecos y nos dejaran allí. De hecho, era una amenaza nada insólita entre muchos padres de familia que no estaban dispuestos a permitir que sus mujeres e hijas se liberaran tal como habían hecho esas libertinas cristianas.

Así que, sí, no tardamos en disfrutar de los avances conquistados por las mujeres de este país y pasamos a sentirnos extranjeras donde nacimos. Algo que, por otro lado, también les pasaba a las tías y abuelas que no habían salido del pueblo. La condición de extranjeras les venía dada por su sexo en una sociedad que las consideraba personas de segunda. Cabe aquí recordar las diferencias por si alguien, en esta epidemia de relativismo que lo está infectando todo, sufre de cierta desmemoria: hemos pasado de tener que esconderte cuando llega un invitado hombre ajeno a la familia a compartir pupitre con chicos de tu edad, con quienes incluso puedes entablar amistad; de ser considerada un cuerpo capaz de desencadenar el caos con su sola presencia a poder llevar pantalones ajustados o minifalda (a pesar de que sonara la cancioncita de Manolo Escobar); de que tu educación sea algo discrecional que dependa de los designios del jefe de familia a que la escolarización de las niñas sea obligatoria por ley; de que esté normalizada la violencia y se considere justificada cuando tu comportamiento no ha sido el correcto a que… bueno, es verdad, con el número de víctimas de violencia machista es difícil defender que la sociedad española es igualitaria, pero tengan en cuenta que es un enorme progreso no tener que partir de cero a cada momento para desmontar los discursos que la justifican. En fin, que no es lo mismo vivir en un país donde el matrimonio infantil o forzoso es habitual a hacerlo en uno donde se vea como una aberración.

A menudo se persigue y se intenta silenciar a las feministas en nombre de la lucha contra la islamofobia

Entre las numerosas diferencias que existen entre una sociedad musulmana y una europea hay dos ejes fundamentales que han supuesto un cambio de primer orden para las hijas de la inmigración: por un lado, la secularización de la sociedad de acogida y, por otro, las condiciones para la libertad de expresión. En el arduo camino de la toma de conciencia feminista llega un momento en el que resulta imposible eludir el análisis y la confrontación con el poder religioso, que forma parte indisociable del entramado estructural que configura nuestro patriarcado. Muy a menudo se intenta separar el islam de lo que son costumbres, tradiciones y valores que, nos dicen, nada tienen que ver con el primero. Se ha difundido así (y con éxito) la idea de que el contenido misógino de la religión es el resultado de una interpretación patriarcal de los textos originales, que serían incluso feministas. Una propuesta difícil de validar teniendo en cuenta la carga machista de muchos pasajes del Corán o hadices del profeta Mahoma. Así que una reivindicación a favor de la igualdad de la mujer en este contexto no puede evitar la confrontación con el islam. Este no es un paso fácil, pero es necesario si lo que queremos defender es una libertad sin concesiones, que las mujeres podamos decidir y hacer como adultas de pleno derecho lo que nos venga en gana, que no tengamos que supeditarnos a esa otra forma de patriarcado, el religioso, que es capaz de mantener su influencia sobre nosotras incluso cuando hemos conseguido vencer al padre, el hermano, el primo, el marido o el vecino o nos hemos alejado del entorno que pretendía coartar nuestra independencia.

Si algo hemos interiorizado con la educación democrática recibida es que la secularización de las sociedades occidentales y sus sistemas más o menos laicos, permiten que cualquier ciudadano tenga derecho a criticar las religiones sin que ello comporte castigos de ningún tipo. Algo que no sucede en países donde la apostasía sigue siendo delito y se persigue cualquier opinión que cuestione el orden religioso.

La secularización y la libertad de expresión son las grandes diferencias entre una sociedad musulmana y una europea

Así que las mujeres nacidas en familias musulmanas instaladas en Europa nos tomamos la libertad de manifestar públicamente nuestras opiniones críticas sobre la religión de nuestros padres. Alzamos la voz para denunciar la discriminación y afirmamos que el islam contiene dosis nada desdeñables de machismo. Esperábamos que las reprimendas por este tipo de posiciones feministas vinieran de nuestras familias más directas, pero no estábamos preparadas para el extraño fenómeno que viene dándose en los últimos tiempos en redes sociales, espacios de opinión de lo más variopintos, instituciones públicas e incluso cátedras universitarias. Que las críticas a nuestros postulados a favor de la igualdad entre hombres y mujeres vengan de personas que dicen conocer el islam mejor de lo que lo conocemos nosotras, que mujeres feministas no musulmanas nos digan que todas nuestras quejas son infundadas porque en realidad no entendimos lo que es el “verdadero islam”, que expertos analistas defensores de los derechos de los musulmanes afirmen que nuestro testimonio no es representativo y que hombres de nuestra misma procedencia nos acusen de islamófobas y, al fin, algo en lo que coinciden todos: nos manden callar.

Como si ese patriarcado del que escapamos por los pelos nos persiguiera hasta aquí y volviera a ejercer, o por lo menos lo intenta, el mismo poder que practica en las sociedades donde nadie lo ha puesto en duda. Forma parte este fenómeno de la reacción virulenta del islamismo y nada tiene que ver con la defensa de la libertad religiosa. Se persigue y se intenta silenciar a las feministas en nombre de la lucha contra la islamofobia y se sofoca cualquier crítica a la religión al considerarla la expresión del racismo. Como si, por otro lado, nosotras no hubiéramos sufrido discriminación por nuestro origen.

Lo sorprendente es que quienes usan la lucha antirracista como mordaza para el feminismo no son solamente los hombres musulmanes, muchos de ellos islamistas, sino organizaciones lideradas por hombres españoles que nos cuentan a nosotras, mujeres nacidas musulmanas e hijas de inmigrantes, cuál es en realidad nuestra discriminación y cómo tenemos que expresarla. Y no se cansan de hablar por nosotras y de pedir que se veten nuestras charlas o presencia en los medios públicos. Se demuestra así que para nosotras la susodicha interseccionalidad se convierte en una encrucijada donde no nos queda otra que escoger entre defender nuestra igualdad o conformarnos con el machismo si queremos ser antirracistas. Se repite que el feminismo será antirracista o no será, pero nadie le dice al antirracismo que será feminista o no será.

*Najat el Hachmi es escritora.

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