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Antonio, de una procesión mariana a la cárcel

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Antonio, de una procesión mariana a la cárcel: Por José Luis Centeno S. De regreso de la Procesión de la Divina Pastora en Barquisimeto, el 14 de enero de 2018, fue sorprendido en la Autopista Regional del Centro, cuando, atendiendo a la voz de alto en una falsa alcabala, es detenido ilegalmente por agentes de inteligencia, la contrariedad apenas comenzaba. Finalizaba la tarde de aquel domingo con una carga de aflicción para su familia, que no supo más de él.

El 14 de junio del presente mes, Antonio José Pérez Cisneros cumplió año y medio preso, sujeto a un proceso penal plagado de inconsistencias, algo normal para quienes sostienen: “a él no le sale nada, es del grupo terrorista responsable de ataques terroristas”, el tono y la redundancia apunta a la recreación de hechos engañosos, falsos, empleados para iniciar procesos judiciales terribles para los procesados y sus familiares.

La negativa absoluta al Derecho a la salud y a la vida se aprecia dentro de las afectaciones que conducen a males mayores en el caso del preso político Antonio Pérez Cisneros, informes médicos y medicatura forense dan cuenta de múltiples padecimientos, destacando politraumatismos sufridos en su detención.

“Traumatismo Múltiple, Traumatismo Toraxico, Osteoncondritis A/C,     Tensión Arterial Estadio 2, Trastornos En La Pigmentación,       Dolores de cabeza intensos, Pies lacerados e inflamados, Dolores en el pecho y depresión”.

Literalmente, así se lee, en los informes y medicatura forense aludidos, sobre las patologías diagnosticadas a Pérez Cisneros y que comprometen su salud, lo cual motivó la petición de una Medida Humanitaria tanto a la Fiscalía Primera, Fiscalía Superior, Tribunal de la causa como al Presidente de la Corte Marcial, en virtud de estar siendo procesado en la jurisdicción militar.

“Fue vilmente torturado y sujeto a tratos crueles e inhumanos”, algo que habría sido particularmente notorio al ser trasladado a la Audiencia de Presentación:

“…no podía caminar y le dolía el pecho, tenía muñecas laceradas, aún tiene las cicatrices, los talones y planta de los pies inflamados, dedos sin uñas, le dolía mucho la parte del tórax, abdominal y cabeza. Estuvo detenido arbitrariamente por la DGCIM, sin presentarlo ante un Tribunal Militar 10 días y después de presentado estuvo más de 30 días sin recibir visitas familiares, ni de abogados, y mucho menos sin tener atención médica”, refirió un amigo de Antonio José que pidió el anonimato por temor a represalias.

Nueve días después de su detención, el 23 de Enero, fue presentado ante el Tribunal Militar Segundo en Funciones de Control, a cargo del Coronel José Rafael Mejía López. Su Audiencia Preliminar, realizada en tres (3) días continuos comenzó el 10-12-2018, tras 11 diferimientos; su defensa, a cargo de los abogados Mariana Ortega y Luis Medina, logró desestimar delitos como Traición a la Patria  y Rebelión.

¿Cuál fue el delito de Antonio José Pérez Cisneros? “…su presunta vinculación con el ex policía Óscar Pérez”, “prestar supuesto apoyo al ex inspector del Cicpc”, bajo esa premisa, más no presunción, por tomarse como cierta, fue pasado a juicio, con fecha incierta de apertura, “por el delito de Sustracción de Efectos Pertenecientes a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana”; un señalamiento en apariencia alevoso, interesado, del tipo donde inculpan por homicidio a sabiendas de la inexistencia del cadáver.

De un acto de fe, como lo fue asistir a la Procesión de la Divina Pastora, Antonio José Pérez Cisneros pasó a un verdadero suplicio que lo mantiene en la Cárcel de Ramo Verde, viendo transcurrir su injusta prisión a la par del deterioro progresivo de su estado de salud, un caso que nos invita a la reflexión hoy #26Jun, Día Internacional del Apoyo a las Víctimas de la Tortura.

Jose Luis Centeno S. (@jolcesal) – [email protected] o por mi cuenta en twitter @jolcesal –

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Antirracismo machista

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Antirracismo machista: Por Najat El Hachmi.- Las sociedades occidentales, y sus sistemas más o menos laicos, permiten que cualquier ciudadano tenga derecho a criticar las religiones. Eso no sucede en países donde la apostasía sigue siendo delito

Las mujeres nos dimos cuenta muy pronto de la diferencia abismal que existe entre la sociedad marroquí de la que procedemos y las sociedades europeas a las que nos fuimos incorporando. Aunque se tratara de un país como España, que no hacía tanto que había dejado atrás una dictadura, aunque emigráramos a ciudades pequeñas o entornos provincianos, aunque nos instaláramos en barrios periféricos o pasáramos a engrosar las filas de las clases sociales con menos recursos, lo cierto es que no se nos escapó el avance enorme que supuso la emigración, una especie de atajo que acortaba de un modo importante nuestro avance hacia la libertad, la igualdad y, sobre todo, la esperanza en la posibilidad de disfrutar de una vida más digna que la de nuestras madres y abuelas. Es una verdad incontestable que llevamos inscrita en la carne: nada tiene que ver una sociedad legalmente igualitaria a una que no lo es. Por eso, uno de nuestros mayores temores fue y ha sido siempre que nos llevaran a Marruecos y nos dejaran allí. De hecho, era una amenaza nada insólita entre muchos padres de familia que no estaban dispuestos a permitir que sus mujeres e hijas se liberaran tal como habían hecho esas libertinas cristianas.

Así que, sí, no tardamos en disfrutar de los avances conquistados por las mujeres de este país y pasamos a sentirnos extranjeras donde nacimos. Algo que, por otro lado, también les pasaba a las tías y abuelas que no habían salido del pueblo. La condición de extranjeras les venía dada por su sexo en una sociedad que las consideraba personas de segunda. Cabe aquí recordar las diferencias por si alguien, en esta epidemia de relativismo que lo está infectando todo, sufre de cierta desmemoria: hemos pasado de tener que esconderte cuando llega un invitado hombre ajeno a la familia a compartir pupitre con chicos de tu edad, con quienes incluso puedes entablar amistad; de ser considerada un cuerpo capaz de desencadenar el caos con su sola presencia a poder llevar pantalones ajustados o minifalda (a pesar de que sonara la cancioncita de Manolo Escobar); de que tu educación sea algo discrecional que dependa de los designios del jefe de familia a que la escolarización de las niñas sea obligatoria por ley; de que esté normalizada la violencia y se considere justificada cuando tu comportamiento no ha sido el correcto a que… bueno, es verdad, con el número de víctimas de violencia machista es difícil defender que la sociedad española es igualitaria, pero tengan en cuenta que es un enorme progreso no tener que partir de cero a cada momento para desmontar los discursos que la justifican. En fin, que no es lo mismo vivir en un país donde el matrimonio infantil o forzoso es habitual a hacerlo en uno donde se vea como una aberración.

A menudo se persigue y se intenta silenciar a las feministas en nombre de la lucha contra la islamofobia

Entre las numerosas diferencias que existen entre una sociedad musulmana y una europea hay dos ejes fundamentales que han supuesto un cambio de primer orden para las hijas de la inmigración: por un lado, la secularización de la sociedad de acogida y, por otro, las condiciones para la libertad de expresión. En el arduo camino de la toma de conciencia feminista llega un momento en el que resulta imposible eludir el análisis y la confrontación con el poder religioso, que forma parte indisociable del entramado estructural que configura nuestro patriarcado. Muy a menudo se intenta separar el islam de lo que son costumbres, tradiciones y valores que, nos dicen, nada tienen que ver con el primero. Se ha difundido así (y con éxito) la idea de que el contenido misógino de la religión es el resultado de una interpretación patriarcal de los textos originales, que serían incluso feministas. Una propuesta difícil de validar teniendo en cuenta la carga machista de muchos pasajes del Corán o hadices del profeta Mahoma. Así que una reivindicación a favor de la igualdad de la mujer en este contexto no puede evitar la confrontación con el islam. Este no es un paso fácil, pero es necesario si lo que queremos defender es una libertad sin concesiones, que las mujeres podamos decidir y hacer como adultas de pleno derecho lo que nos venga en gana, que no tengamos que supeditarnos a esa otra forma de patriarcado, el religioso, que es capaz de mantener su influencia sobre nosotras incluso cuando hemos conseguido vencer al padre, el hermano, el primo, el marido o el vecino o nos hemos alejado del entorno que pretendía coartar nuestra independencia.

Si algo hemos interiorizado con la educación democrática recibida es que la secularización de las sociedades occidentales y sus sistemas más o menos laicos, permiten que cualquier ciudadano tenga derecho a criticar las religiones sin que ello comporte castigos de ningún tipo. Algo que no sucede en países donde la apostasía sigue siendo delito y se persigue cualquier opinión que cuestione el orden religioso.

La secularización y la libertad de expresión son las grandes diferencias entre una sociedad musulmana y una europea

Así que las mujeres nacidas en familias musulmanas instaladas en Europa nos tomamos la libertad de manifestar públicamente nuestras opiniones críticas sobre la religión de nuestros padres. Alzamos la voz para denunciar la discriminación y afirmamos que el islam contiene dosis nada desdeñables de machismo. Esperábamos que las reprimendas por este tipo de posiciones feministas vinieran de nuestras familias más directas, pero no estábamos preparadas para el extraño fenómeno que viene dándose en los últimos tiempos en redes sociales, espacios de opinión de lo más variopintos, instituciones públicas e incluso cátedras universitarias. Que las críticas a nuestros postulados a favor de la igualdad entre hombres y mujeres vengan de personas que dicen conocer el islam mejor de lo que lo conocemos nosotras, que mujeres feministas no musulmanas nos digan que todas nuestras quejas son infundadas porque en realidad no entendimos lo que es el “verdadero islam”, que expertos analistas defensores de los derechos de los musulmanes afirmen que nuestro testimonio no es representativo y que hombres de nuestra misma procedencia nos acusen de islamófobas y, al fin, algo en lo que coinciden todos: nos manden callar.

Como si ese patriarcado del que escapamos por los pelos nos persiguiera hasta aquí y volviera a ejercer, o por lo menos lo intenta, el mismo poder que practica en las sociedades donde nadie lo ha puesto en duda. Forma parte este fenómeno de la reacción virulenta del islamismo y nada tiene que ver con la defensa de la libertad religiosa. Se persigue y se intenta silenciar a las feministas en nombre de la lucha contra la islamofobia y se sofoca cualquier crítica a la religión al considerarla la expresión del racismo. Como si, por otro lado, nosotras no hubiéramos sufrido discriminación por nuestro origen.

Lo sorprendente es que quienes usan la lucha antirracista como mordaza para el feminismo no son solamente los hombres musulmanes, muchos de ellos islamistas, sino organizaciones lideradas por hombres españoles que nos cuentan a nosotras, mujeres nacidas musulmanas e hijas de inmigrantes, cuál es en realidad nuestra discriminación y cómo tenemos que expresarla. Y no se cansan de hablar por nosotras y de pedir que se veten nuestras charlas o presencia en los medios públicos. Se demuestra así que para nosotras la susodicha interseccionalidad se convierte en una encrucijada donde no nos queda otra que escoger entre defender nuestra igualdad o conformarnos con el machismo si queremos ser antirracistas. Se repite que el feminismo será antirracista o no será, pero nadie le dice al antirracismo que será feminista o no será.

*Najat el Hachmi es escritora.

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