Tapaojos | ACN Tapaojos y según la gravedad del problema
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Tapaojos: Por Josué D. Fernández A.,

Cuando la realidad es demasiado cruda e impide el sueño, por desórdenes neurológicos o percances existenciales sin resolver a tiempo, a la mano de insomnes crónicos casi siempre hay  un antifaz oscuro para bloquear la luz. Según la gravedad del problema, los así llamados tapaojos, a menudo exigen reemplazos o acompañamiento de somníferos, en dosis que aumentarán a falta de otra receta que no resulte peor que la enfermedad. Para los tiranos en cambio, el tranquilizante temporal viene en represión a la prensa, acoso a periodistas, destrozos de cámaras y celulares, para ocultar verdades a las que temen, y por las que tendrán que pagar.

Se dan otros casos de supremo deterioro durante el día, cuando en las calles se encuentra a  personas cuyas acciones o falta de ellas, parecieran dominadas por vendas que les impiden reaccionar a abusos en serie a su alrededor, por fuerza desigual de verdugos sociales de calles, policiales, judiciales,  o de déspotas en el poder. Muchas veces, la propaganda política orientada a los más necesitados explicaría ese adormecimiento masivo a pleno sol, de acuerdo con evidencias guardadas en los  “Museo del Comunismo”, en Praga, Varsovia, Budapest o Berlín, después de la liberación de sus yugos, por supuesto.

Es bien conocido el uso de los tapaojos por fanáticos, bastante típicos del totalitarismo comunista, los cuales conscientes del daño que hacen se resguardan de sanciones públicas con prohibiciones del libre tránsito en sus dominios –eternizadas en la “cortina de hierro” o el muro de Berlín-, censuras,  recompensas a delatores y castigos a denunciantes. De esa manera  sería fácil engañar con  historias de casas en el aire,  tal se escuchará en la versión de la cantaora española Lola Flores; y hasta suponer promesas de lista de espera  para adjudicaciones en la “Misión Vivienda”…

El reporte verdadero de lo que ocurrió por allá en comunismo, repetido por periodistas independientes, se refiere a milicias populares, aquí a  colectivos armados, paramilitares, policía secreta ahora con anexo del G-2 cubano y de la KGB, las instituciones coercitivas y judiciales (incluyendo los juicios-show copiados del estalinismo), los campos de trabajo forzado,  cárceles llamadas “tumba” para disidentes, y la recreación del “culto a la personalidad” típico en la URSS y sus “satélites” de Europa del Este, con imitaciones en  el “cuartel de la montaña”,  nuevos rostros de Bolívar, fetiches bolivarianos, y demás.

Entonces, el socialismo en el siglo XXI, equivalente al comunismo en palabras de Fidel Castro, el mismo progenitor de la dictadura de más de 60 años en Cuba, solo llenaría la boca de los que viven rodeados de riquezas desviadas de prebendas de la izquierda, de esas izquierdas ´de las que pregonan el amor por los pobres, de los que reciben pago para escandalizar y disuadir a miedosos, o de los charlatanes con guardaespaldas que embaucan a quienes carecen de medios que les permitan descubrir a tiempo la desgracia que les espera de caer en sus fauces, y si pudieran viajar a los sitios donde ya existe el comunismo.

Las Agencias de Refugio y la Agencia de Migración de las Naciones Unidas contabilizaron en promedio, unos 5,000 venezolanos que dejaron su país todos los días, el año pasado. Colombia sumaba 1,1 millón de refugiados, seguida por Perú con 506.000, Chile con 288.000, Ecuador con 221.000, Argentina con 130.000 y Brasil con 96.000. Mas de 70.000 venezolanos habrían partido a los Estados Unidos en los últimos cuatro años. En España viven 323.575, según el Instituto Nacional de Estadística. El comunismo real empuja a buscar “visa para un sueño”, desde Cuba y Venezuela al presente, como lo explica Juan Luis Guerra en su tema con el 4:40. Hasta la próxima semana Dios mediante.

Narración completa y temas musicales editados, en grabación por:

El artículo adosado forma parte de“SALDOS”, segmento de la revista “Estamos en el Aire”, transmitida a  las 4:30 de la tarde, cada sábado,  para el entretenimiento general a partir de saldos que deja la actualidad local e internacional En ensayo audiovisual a título de catarsis del autor Josué D. Fernández A., a través  de Radio Rumbos 670am.en Caracas, Venezuela, , para participación directa  por los teléfonos +58 212 284.04.94 y 285.27.35, por Twitter, @jodofeal, https://www.youtube.com/user/fernandezjosue o en https://comunicadorcorporativo.blogspot.com/

Ampliaciones al pinchar imágenes de abajo.

SALDOS

ACN/JDFA-Comunicólogo – Crónicas, Corporativas y más…

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¿Esto se entiende en Perú (y en Venezuela y…)?

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¿Esto se entiende en Perú (y en México y en Venezuela y en Argentina y…)?: Por Eliezer Budasoff.

Este artículo forma parte de Times Insider, una serie que retrata la vida de la redacción y la intimidad del trabajo periodístico detrás de los artículos, reportajes y columnas de opinión en The New York Times.

Desde que comenzó el proyecto de The New York Times en Español, en febrero de 2016, una de las preguntas más constantes que recibimos (dentro y fuera del Times) es cómo elegimos los artículos que traducimos. Se trata de una discusión que los editores del sitio en español mantenemos todos los días amablemente y que ha sido inseparable de otra discusión, a menudo más visceral y menos amable: ¿cómo los traducimos?

Desde Los Ángeles hasta Buenos Aires y desde las Islas Galápagos hasta Barcelona, el español que hablan nuestros lectores varía ampliamente. Solo en América Latina hay más de quince formas distintas de llamar a las palomitas de maíz (en mi ciudad natal es pororó), existen al menos trece formas de referirse a los sorbetes y hay diez maneras distintas de llamar a una vaquita de San Antonio (esos bichitos rojos con lunares negros a los que la superstición popular atribuye buena suerte), tantas como los nombres que se usan para los botines de fútbol. Un deporte que, de hecho, se escribe con acento o sin acento según el país en el que vivas, al igual que “cartel”, “panel” y “video”. La palabra coloquial que usan los venezolanos para decir que están furiosos es la misma que usan los peruanos o los colombianos para decir que están embargados por el deseo. Tenemos distintos nombres para las frutas, para los cortes de carne y para hablar de una ruptura amorosa. Y, por supuesto, todos los lectores están convencidos de que su forma de usar el idioma es la correcta.

EXPLORA NYTIMES.COM/ES

Los Cabos, un destino generoso y aventurero

Todos los editores que hacemos el Times en Español somos hispanohablantes nativos de México, Argentina y Venezuela, y varios hemos estudiado o trabajado en otros países como Perú, España, Paraguay y Estados Unidos.

The New York Times en Español publica entre cuarenta y cincuenta traducciones por semana, además de artículos de opinión y reportajes producidos originalmente en español. Incluso cuando seleccionar, traducir y editar artículos ocupa una gran parte de nuestro tiempo, el corazón de nuestra misión no es traducir textos a otro idioma, sino traducir una marca, una tradición periodística reconocida por su precisión, su imparcialidad y su calidad, a nuevos lectores.

Dar forma a la voz del Times en español implicó crear un nuevo estándar para el uso del idioma: desde el inicio nos dimos cuenta de que no podíamos traducir los textos a un español neutro —un español que no habla absolutamente nadie—, sino que debíamos encontrar maneras de reflejar la riqueza y la diversidad del idioma sin perder legibilidad. Nuestra tarea, tal como la vemos, es hacer entender a los lectores en castellano de distintas regiones que el periodismo del Times es para ellos y que les habla a ellos. Este principio atraviesa nuestro proceso de trabajo desde que elegimos los textos para traducir hasta que discutimos los titulares, y también es el origen de nuestros dilemas y aprendizajes.

Cuando no se trata de noticias de último momento, la mayoría de los artículos que decidimos publicar en español se envían a una agencia de traducción que trabaja con nosotros desde el inicio del proyecto y que ha adaptado su trabajo a nuestras decisiones de estilo. Una vez que el texto está traducido, la regla general es que pase por dos capas de edición (y, en una situación ideal, que los dos editores que trabajan un texto tengan una experiencia distinta del idioma).

Este proceso permite aprovechar nuestra propia diversidad para reducir los malentendidos. Lograr que ciertos usos o construcciones gramaticales que pueden ser naturales para un país o una región salten a la vista de un editor habituado a otros usos del español, y encontrar la solución intermedia más precisa y que mejor suene para todos. Una de las preguntas más repetidas que hacemos en la redacción, de hecho, es: “¿Esto se entiende en Perú (o en Argentina o en México o en Venezuela…)?”.

Muchas veces, resolver nuestras diferencias y dudas deriva en un proceso de investigación y consulta con libros especializados o instituciones rectoras del idioma como las academias de la lengua o Fundéu —dedicada a impulsar el buen uso del español en los medios— que lleva adelante Paulina Chavira, nuestra editora especialista en el uso y las reglas del español. Paulina es nuestra gurú del idioma y es también la responsable de actualizar nuestro manual de estilo, una tarea en elaboración y evolución permanente.

La autoridad y el entusiasmo de Paulina por el español exceden las fronteras de la redacción: su cuenta de Twitter es una fuente de consulta y asesoramiento para sus seguidores y, entre otras cosas, ha logrado que la Selección Mexicana de Fútbol corrigiera las camisetas de sus jugadores antes del Mundial de Rusia 2018 para incluir acentos en los apellidos, una omisión histórica que las hacía ortográficamente incorrectas.

En algunas ocasiones, este proceso nos ha llevado a crear reglas o incluso palabras para traducir de la mejor manera la mirada del Times. Como cuando decidimos usar “elle”, una adaptación al español de un pronombre sin marca de género (a diferencia de él/ella), para poder traducir adecuadamente este Lens sobre personas de género fluido o no binario; o cuando se decidió utilizar una regla flexible para acentuar palabras como fútbol o cártel —o no: futbol y cartel— para respetar el uso común en el país o la región a la que se refiere un artículo (lo que explica por qué los artículos sobre Pablo Escobar se refieren a su organización como “el Cartel de Medellín”, y aquellos sobre Joaquín “el Chapo” Guzmán hablan de “el Cártel de Sinaloa”).

Algunas de estas discusiones y sus soluciones, que surgen de nuestro propio trabajo o de consultas de los lectores, se han convertido de hecho en una sección de nuestro boletín (al que puedes suscribirte aquí) y en nuestra página web, donde compartimos con nuestros lectores algunas decisiones de estilo y Paulina ofrece actualizaciones que se hacen a las reglas ortográficas del español.

No existen algoritmos o diccionarios o herramientas de inteligencia artificial a prueba de errores que puedan resolver los esfuerzos de traducción que hacemos todos los días. Eso significa que dependemos de escucharnos entre nosotros y a nuestros lectores, de reconocer y valorar nuestros diferentes usos y experiencias y la pluralidad del idioma que compartimos.

El puente que hemos construido para llegar a nuestra audiencia (el puente que nosotros cruzamos cuando elegimos qué traducir y cómo hacerlo de la mejor manera), descansa en cuatro pilares básicos: no subestimamos los intereses ni la curiosidad de nuestros lectores; ofrecemos un periodismo global que ayude a entender las realidades locales; cuidamos de la riqueza del lenguaje y sus matices, y nunca dejamos de lado nuestra propia sensibilidad como lectores.

ACN/Álvaro Domínguez

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