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Crisis económica afecta a todos los sectores del país

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Según cifras reveladas por el Banco Central de Venezuela (BCV), todos los sectores sociales resultaron afectados por la crisis económica; pero cuatro son los más perjudicados y ponen en riesgo la calidad de vida del venezolano.

Desde el bolsillo del ciudadano hasta la infraestructura del país, se ha visto afectada por la crisis económica; según revelan las cifras publicadas por el BCV el pasado 28 de mayo.

La inflación elevó drásticamente el precio de los bienes y servicios del país, mientras que la caída del Producto Interno Bruto (PIB); se convirtió en la quiebra de miles de empresas, comercios y la eliminación de puestos de trabajo.

De acuerdo con la información emitida por el BCV, y que no había sido publicaba desde hace al menos tres años; el país entró en hiperinflación desde diciembre de 2017, cuando superó el umbral del 50% mensual y cerró en 55,6%.

Esa cifra, se consolidó en los siguientes meses, cuando en el 2018 la inflación alcanzó el 130.060%, la más alta en la historia del país. Logrando así, una crisis económica que afecta a todos por igual.

Al parecer, fue diferente ante las proyecciones publicadas por la Asamblea Nacional y el Fondo Monetario Internacional, que la ubicó superior al 1.000.000%.

Impacto en el poder adquisitivo

Esta crisis económica, ha impactado de manera importante en el poder adquisitivo de los venezolanos. Los precios de los alimentos y servicios se volvieron tan costosos, que se dificulta acceder a ellos.

Entre los rubros más afectados por la inflación se encuentran, según el BCV; alimentos y bebidas no alcohólicas en 143.786,9%, alquiler de vivienda en 486.684,5%; servicios de vivienda, exceptuando teléfono en 315.580,4% y salud en 167.925,8%.

De igual manera, el sector transporte en 134.238,3% y bebidas alcohólicas y tabaco en 121.098,5%.

Las cifras indican que, solo en 2018 los precios de dichos sectores aumentaron en al menos una cifra, 1.000 veces superior a las de finales de 2017.

cambios en el salario durante los últimos años- acn

Investigación sobre el salario mínimo en 2018. Infografía: Efecto Cocuyo- Gina Domingos

Salario

Mientras tanto, en ese mismo lapso, el salario mínimo pasó de 248.510 bolívares fuertes en enero; a Bsf. 450.000.000 en diciembre. Lo que representa un incremento de 180.979,23%.

No obstante, el alto porcentaje de aumento, vino luego de que el presidente Nicolás Maduro; anunciara un ajuste fuerte del valor del salario mínimo, en agosto de 2018, lo que profundizó la crisis económica y el poder adquisitivo.

Economistas consultados, aseguraron que la razón de la discordancia entre las cifras de inflación del BCV y demás instituciones; radica en que el ente emisor modificó los cálculos de estimación del Índice Nacional de Precios al Consumidor (Inpc).

En picada

Solo entre el tercer trimestre de 2013 y el tercer trimestre de 2018, la economía venezolana se contrajo 52,4%. La cifra muestra que en un lapso de solo cinco años el país dejó de producir más de la mitad de los bienes y servicios que elaboraba.

En ese tiempo de crisis económica, algunos sectores productivos, casi dejaron de existir. La data revela que los más afectados son: Construcción cayó 94,75%, instituciones financieras y seguros disminuyó 78,65%; manufactura bajó 76,28%, actividad petrolera cayó 47,5% y comercio y servicios de reparación disminuyó 79,45%.

resumen de los diferentes sectores efectados- acn

Infografía: Efecto Cocuyo.

Desplome de las importaciones

Debido a la caída de la producción, también se desplomaron las importaciones. Las no petroleras descendieron desde $44.067 millones a $5.835 millones en 2018; una caída de 86,76%.

Con menos divisas, menos puestos de trabajo y pérdida del poder adquisitivo; se generó una combinación difícil que condujo al país a la actual crisis humanitaria y económica; catalogada así por la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

 

ACN/Efecto Cocuyo/Foto: Mairet Chourio

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Herido de muerte sistema alimentario con el coronavirus

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Sistema alimentario herido de muerte con el coronavirus

El modelo alimentario actual lleva demasiado tiempo fallando;  a consumidores y productores y necesita una transformación profunda. Nuestros representantes políticos tienen una oportunidad de oro para ser valientes;  y cambiar un sistema herido de muerte, que está destrozando el planeta, nuestra salud y la vida de miles de millones de animales.  Es el momento de iniciar una transición proteica que reduzca considerablemente el número de animales explotados para consumo humano y apueste por la proteína alternativa.

La pandemia condena a miles de animales al sacrificio;  para mantener los precios. Durante el confinamiento  ha crecido la compra;  de legumbres, frutas y verduras.

“Por una vez, los animales ganan”. Es la frase que se podía leer en una viñeta sobre la cancelación de los encierros de San Fermín 2020. La pandemia ha paralizado la temporada alta taurina. Esto nos ha llevado a pensar que este año se salvarían cientos de toros. Pero no es así, ya que si no acaban en las plazas son enviados al matadero. Seguir criándolos no es rentable para las ganaderías de lidia y deben deshacerse de ellos.

Comer animales, ¿hasta cuándo?

Como ocurre con los astados, los animales considerados de granja tampoco ganan con la pandemia. Ellos también se han convertido en una carga para sus ganaderos. Desde el principio del confinamiento, el cierre de bares y restaurantes hizo saltar las alarmas entre las asociaciones ganaderas.

Especialmente en el sector ovino, que destina más del 60% de su producción a hostelería y restauración. Los corderos lechales suelen venderse con 20 días de vida. Después de ese tiempo, mantenerlos no es económicamente sostenible. No hay espacio en las granjas para ellos y no hay dinero para alimentarlos, solo generan pérdidas.

Al descenso de la demanda se le suman mataderos y salas de despiece;  funcionando a medio gas debido a las nuevas medidas de seguridad y al gran impacto del coronavirus entre sus trabajadores.  Así, la cantidad de animales “listos para el sacrificio” no hace más que aumentar, sin poderles dar salida.

Existe un riesgo real de colapso de las granjas, que podrían llegar a superar el 20% de su capacidad de comercialización. Y mientras los animales esperan su tercio de muerte, sus condiciones de vida son peores que antes, pudiendo sufrir un hacinamiento aún mayor.

Animales sacrificados en las  granjas terminan  en la basura

El propietario de una lechería me contó que ganaba más dinero por las subvenciones que por la leche que vendía

Si el drama de los ganaderos de toros de lidia es que sus reses acaben en un matadero y no en una plaza, el de los granjeros es “retirar” animales. “Retirar” es un eufemismo que se usa para explicar que cientos de miles de animales serán sacrificados en las mismas granjas y acabarán en la basura, sin pasar a formar parte del suministro alimentario.

Los datos evidencian la precaria situación de un sistema alimentario que pide ayuda a gritos desde hace tiempo. En Cataluña, la Generalitat ha pedido al Ministerio de Agricultura que “retire” del mercado mil toneladas de carne de ave para evitar una caída de precios debido a la sobreproducción.

Lo mismo ocurre con el sector porcino, que se plantea sacrificar uno de cada cinco lechones de cerdos ibéricos. Los ganaderos quieren acabar ya con un 20% de los animales para no llegar a Navidad con un sector del ibérico devaluado. En definitiva, hablamos de un exorbitante número de vidas animales arrebatadas exclusivamente para mantener los precios y no para alimentar a alguien. Mientras, durante el confinamiento, la demanda en el Banco de Alimentos se ha disparado un 30%.

El drama que está viviendo ahora el sector ganadero es solo la punta del iceberg de un modelo alimentario desfasado, que subsiste a base de ayudas creadas para garantizar el abastecimiento de una Europa de posguerra cuyas necesidades nada tienen que ver con las de hoy. La pandemia simplemente ha evidenciado la ineficiencia de nuestro sistema de producción de alimentos y la necesidad de cambiarlo.

Hace años, el propietario de una lechería me contó que ganaba más dinero por las subvenciones que recibía que por la leche que vendía. Me dijo, apenado, que en ocasiones se veía obligado a tirar leche y que ni siquiera le permitían donarla a bancos de alimentos.

Un modelo alimentario sostenible

Nada parece haber cambiado desde entonces. Las ayudas asistencialistas implementadas para paliar los efectos de la pandemia tampoco tratan el problema de raíz: una sobreproducción de alimentos que destroza la vida de millones de animales, daña el planeta y no empodera a los ganaderos, que probablemente preferirían ayudas para adaptar sus explotaciones a las necesidades de un modelo alimentario sostenible.

Afortunadamente, existen ganaderos que apuestan por transformar sus producciones. Es el caso de Mike Weaver, ex propietario de una granja de pollos que actualmente cultiva cáñamo gracias a la ayuda del proyecto Transfarmation. Como Mike, otros granjeros están renovando sus negocios de la mano de diferentes organizaciones sin ánimo de lucro. Otro ejemplo son Jennifer y Rodney Barrett, que han hecho la transición al cultivo de hongos con la ayuda del programa Rancher Advocacy. Y Jay Wilde, un antiguo ganadero que ahora se dedica a cultivar verduras y cuya historia está plasmada en el cortometraje 73 Cows. Incluso compañías como la marca de leche de avena Oatly colaboran con granjeros para que prioricen el cultivo de avena destinada a la producción de leche vegetal en vez de la explotación de vacas.

Transformar la producción sin consolidar el sistema actual

Algunos ganaderos parecen dispuestos a cambiar y no les sirve solo con el respaldo de empresas y organizaciones. Necesitan subvenciones que les ayuden a salir de esta crisis transformando su producción, no consolidando el sistema actual que ignora la otra gran crisis a la que nos enfrentamos, la emergencia climática. Precisan una Política Agrícola Común que les haga partícipes de la evolución hacia un nuevo sistema alimentario, alejado de la ganadería industrial. Les hacen falta representantes políticos que se atrevan a dejar de incentivar la producción y el consumo de carne y favorezcan el desarrollo y el consumo de proteína alternativa, con investigaciones en el campo científico y campañas de concienciación ciudadana.

La sociedad también está lista para afrontar un cambio de modelo alimentario. Durante el confinamiento, en España ha crecido la compra de legumbres, frutas y verduras. Además, tres de cada 10 españoles afirma haber consumido más alternativas vegetales. La pandemia parece favorecer el consumo de proteína vegetal en todo el mundo. Según un reciente estudio de MarketsandMarkets, el mercado de la carne vegetal en EE. UU. crecerá un 17% para 2021. Esta inercia del consumo debe ser respaldada con medidas como un impuesto de carbono sobre la carne y los lácteos y la reducción del IVA de las alternativas vegetales.

El modelo alimentario actual lleva demasiado tiempo fallando a consumidores y productores y necesita una transformación profunda. Nuestros representantes políticos tienen una oportunidad de oro para ser valientes y cambiar un sistema herido de muerte, que está destrozando el planeta, nuestra salud y la vida de miles de millones de animales. Es el momento de iniciar una transición proteica que reduzca considerablemente el número de animales explotados para consumo humano y apueste por la proteína alternativa.

La crisis brinda una oportunidad de reinventar nuestra relación con la naturaleza. La bici y los pájaros se convierten en símbolos de resistencia.

ACN/diarios/redes

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